He pasado la noche en el despacho de la persona con la que hablaré en breves instantes. Se trata de una amplia estancia con una mesa de caoba casi vacía y otra de reuniones en un habitáculo contíguo. Quería escuchar el silencio de este lugar en el que se toman tantas decisiones.
Al entrar su ocupante, se sorprende de verme en su sillón. Sonrío. – No te preocupes, no voy a quitarte el puesto, eso sólo puedes hacerlo tú mismo. Por cierto, ayer diste un buen paso para lograrlo.
No me reproches todavía, estoy muy enfadado contigo. Tienes a los responsables de tus departamentos tristes, no saben a quién despedir y tú pareces eludir tu reponsabilidad. Te conozco bien, hace mucho más tiempo del que piensas. Eres bueno, pero cobarde. Los grandes hombres que te precedieron contaban con las virtudes que te acompañan, pero se respetaban más a si mismos.
- No sé quien eres, pero no tienes derecho a hablarme así. Vivimos una crisis muy grande y “desde arriba” yo también recibo órdenes. No puedo hacer nada. – Continúas engañándote, recibes órdenes pero no las rebates y eso te hace daño, al contrario de lo que piensas. Si no te gustan tus jefes, vete, tu patrimonio te permitirá vivir durante dos generaciones; pero no hagas daño a quienes no tienen culpa mientras otros, en época de crisis, tienen varios coches, comen con la tarjeta de empresa, viajan en businesss… ¿sigo?.
Nuestro buen amigo baja la cabeza. Es una excelente persona que sólo puede ir hacia adelante como un ratón en una jaula giratoria. Es el momento de contarle que el cielo o el infierno están en su mano, como aquel día, hace muchos años, en que un samurai preguntó a un sabio si existían el cielo y el infierno.
-¿Quien lo pregunta? -contestó el maestro. -Un guerrero Samurai. -¿Tú un guerrero?, imposible con esa cara de idiota que tienes, -contestó el sabio. Entonces el samurai desenvainó su sable en tono amenazante. -¡Ahora se abren las puertas del infierno!, -dijo el maestro. El guerrero comprendió el mensaje y acto seguido guardó su espada. -¡Ahora se abren las puertas del cielo!, afirmó sereno y calmo el anciano maestro.
Handrose





Handrose es valiente por hablar con tanta claridad…vivan los valientes!!!
¿quién ha de poner el cascabel al gato si no tenemos por aquí a handrose?
Cada uno de nosotros somos cascabel y gato, todos tenemos alguien “encima” y alguien “debajo”. En la oficina, en el curro, en casa, en el parque con los niños. Tú puedes hacerlo. Por cierto, felicidades, amigo.
Uy a lo mejor es un poco locura lo que pienso pero parece que Han fuese la conciencia de cada uno de nosotros… o el angelito o el diablo en nuestro hombro!!! Seguiré cerca de él cada día para ver si estoy en lo cierto. Gracias