
Me encanta esta costumbre que tenéis por aquí de comer juntos en esos lugares tan divertidos que llamáis restaurantes. Sin embargo aún no sé muy bien cómo se citan los comensales porque he quedado con una persona y la dirección no era la correcta, de modo que he comido sólo, al principio.
Poco a poco me he dado cuenta de que cinco camareros, comandados por un metre, presionaban y presionaban a un joven muchacho que, también poco a poco, se iba poniendo más nervioso hasta que no era capaz de dar pie con bola. Le gritaban, competían por lograr pronunciar la frase más original en su contra…
Al poco rato, como por rutina, pero delicadísimamente, el joven aprendiz del miedo ha salido de la barra y ha tomado del brazo a una anciana, cliente habitual, para acompañarla parsimoniosamente hasta la puerta. Una sonrisa sincera, un “gracias” pronunciado con el corazón en la mano… adios, señora …
Hoy he guardado silencio, la acción del joven llamado Jose es el mejor ejemplo de perdón hacia sus compañeros que jamás he visto. Era como si un clamor llenara el local: -Os perdono, compañeros. Os burláis de mi, de forma que será difícil que pueda aprender los diferentes tipos de café que existen aquí, pero os perdono y lo agasajo con el más sublime ejemplo de generosidad de que soy capaz.
El joven Jose no llegará a ser un buen camarero, pero es un gran hombre, por eso hoy sobran las palabras de Handrose.